otra perspectiva
- Mica Bernasconi
- 28 jun
- 2 min de lectura
Actualizado: 5 jul
Tomar distancia y contemplar tu vida como espectador puede cambiarlo todo...
Toda mi vida tuve un sueño que se sentía inalcanzable, casi utópico: conocer Grecia.
No sé explicar por qué. No tengo una razón concreta, ni siquiera hoy habiéndolo conocido (sí, te conté el final del relato… pero es solo el comienzo, te lo prometo).
Cada vez que pensaba en ese lugar, algo adentro mío se movía. Me emocionaba. Me hacía sentir como si mis orígenes estuvieran ahí, como si ese país fuera una mezcla de hogar y calidez. Pero la idea se desvanecía tan rápido como aparecía. Durante muchos años creí que no había manera de que yo pudiera viajar y cumplir ese sueño.
Hasta que, en un momento personal donde necesitaba un cambio de aire, entendí algo que me cambió la cabeza: el único obstáculo para lograrlo —y la única responsable de que no sucediera— era yo misma. Me repetí tantas veces que era un sueño inalcanzable que durante años así lo creí.
Hubo un click. Tomé distancia de esa frase tan repetida, cambié el lugar desde donde contemplaba mi sueño y entendí que era cuestión de ir un paso a la vez, que la formula era tiempo y dedicación. El objetivo estaba claro.
¿Y si dejaba de pensar que los sueños tienen que cumplirse “ya” y aceptaba que podía construirlo con tiempo? Ya tenía a mi favor el objetivo claro y una virtud, mi gran capacidad de planificación y orden.
Solo necesitaba hacerle entender a mi impaciencia que, si me comprometía, en un año iba a estar aterrizando en el lugar que soñé toda mi vida.
Así fue como una noche, a mediados de julio de 2023, con el corazón latiendo enloquecido y los ojos conteniendo las lágrimas, compré el pasaje a Europa.
Grecia fue el motor, pero el viaje terminó dándome cosas que nunca hubiese imaginado. No solo conocí el lugar de mis sueños —y muchos otros—: me encontré con una versión de mí misma que hasta ese momento no conocía, y que hoy tengo como guía, como norte.
Una versión genuina y plena.
Decidida y espontánea.
Que va liviana por la vida pero que pisa fuerte.
Europa, más que un destino, fue el punto de partida para algo mucho más grande. Fue entender que soy capaz de alcanzar lo que me propongo, que nada es tan grande ni tan utópico, y que mi mente puede ser mi peor enemiga o mi mejor aliada. Solo necesito tomarme unos segundos para ver el cuadro desde otra perspectiva, con un poco de distancia. El resto decanta solo.
Y descubrí que viajar no es solo conocer lugares. Viajar, para mí, es algo mucho más poderoso.
Es conexión: con historias, personas, experiencias, culturas y creencias… y conmigo misma.
Es una manera de vivir, de encontrarse y resignificarse.
Es dejarse sorprender por la música de la naturaleza y entregarse a su ritmo.
Es perderse en la inmensidad del mundo para volver a uno.

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